Cuando el músico cristiano quiere «colgar los guantes»

La frase «colgar los guantes» sale de la decisión de un boxeador de abandonar el ring definitivamente, aunque se aplica también a todos los ámbitos donde una persona siente que ha fracasado en un emprendimiento por causas propias o ajenas.

Job, Elías, Jonás y otros personajes bíblicos también sufrieron esos «momentos » de fracaso, de verse agobiados por circunstancias que no supieron en su momento cómo manejar, y donde solo la intervención divina les pudo dar un respiro y revelar nuevos horizontes.

Dentro de la iglesia vemos un importante número de personas que si bien han sentido el llamado de Dios en diferentes áreas, llegaron a un punto donde sintieron soledad, dudas, ganas de dejarlo todo y un gran cuestionamiento de su rol dentro del ministerio.

En el caso de los músicos, la batalla se intensifica al notar, en muchos casos, falta de reconocimiento a la labor. Y no es porque necesite que se los ande «alabando» ni colocándolos en un lugar que solo el Señor merece.

Pero como un reconocido productor argentino expresó recientemente: «A veces la gente piensa que nos puede usar como quiere, que nuestro trabajo no vale nada y que tenemos que hacerlo por amor a la obra».

Sí, es verdad que uno debe amar la obra, «jugarse» por ser una herramienta útil en manos de Dios y dejar «todo». Pero esto choca cuando aparecen quienes buscan solo «utilizar» el don de otros para beneficio propio.

Sentirse «usado» no es agradable. Vemos a muchos músicos decidir ir a «tocar al mundo», tratar con productores «no cristianos», hacer campañas de publicidad con agencias fuera del ámbito gospel. Y está quien luego de muchas peleas, llega a su habitación, busca el «clavo en la pared» y cuelga esos guantes que tanto le ayudaron en distintos enfrentamientos.

¿Pero habla de esto la Biblia? En Romanos 12:10 hay una exhortación muy directa de parte de Pablo: «Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente». (NVI).

Respetar y honrar. Dos palabras que en muchas ocasiones se olvidan. No podemos hablar de respetar y honrar cuando desmerecemos la trayectoria, la inversión en horas de estudio, los desvelos y el esfuerzo de otra persona. Cuando nos creemos con el poder de decidir sobre su «valor», sobre su tiempo y sus fuerzas.

Entre cristianos debería ser natural dejar nuestro ego, nuestra posición de «primero yo» y velar por las necesidades y apremios de nuestro hermano. «Respetar y honrar» es reconocer que si bien Dios va a bendecir a nuestro prójimo, lo hará por medio nuestro como siervos inútiles que somos.

Respetar y honrar es estar pendientes de si la banda que vino a mi evento «de onda» tiene qué comer, para regresar a su casa y para sentirse bienvenido. No seamos nosotros los que tenemos el martillo y el clavo para que termine «colgando los guantes». (tdmproducciones)

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