Cuando tu «servicio a Dios» es aprovechado por otros
Uno de los límites más difíciles de definir dentro del Pueblo de Dios es el que separa el servicio con el trabajo, el llamado con la obligación. Día a día se suman las frustraciones por no separar lo que el Señor demanda con lo que otras personas pretenden de nosotros.
Músicos, productores, diseñadores o publicistas cristianos deben enfrentar las presiones de «hermanos» que requieren sus servicios «por amor a la obra», incluso en muchos casos con las clásicas muletillas de «hay que dar de gracia» o «el evangelio no se vende».
En las redes sociales, por emails, mensajes de Whatsapp u otros medios de contacto, se ven pedidos de «una pista para bendecirme», «necesito un logo gratis», «usted me podría difundir el material sin cobrarme?», sin considerar el tiempo de trabajo, las tareas dejada de lado, el cansancio y más importante, la acumulación de frustraciones que conlleva ver el desgaste de la vida.
Quizá es muy duro para quienes nos han enseñado a «vivir por fe» o «no esperar nada de los hombres, porque Dios recompensa», pero eso mismo es lo que una Biblia mal usada puede lograr.
Dios recompensa, si. Se puede vivir por fe, si. Pero a la hora de ir al supermercado, pagar la factura de luz, aportar impuestos, cargar combustible, es muy flaco el argumento de «tienes que bendecirme».
Existen muchas personas que han decidido donar su tiempo, que hacen de su profesión un servicio al hermano y con un espíritu altruísta, dan sin recibir nada a cambio. Seguramente Dios multiplicará sus dones.
Pero pretender que quienes tienen la posibilidad de ofrecer un servicio sean «nuestros siervos», que si «tienen las dos capas, obligadamente nos tienen que regalar una», que «ya que estamos, haga ese trabajito, total no le cuesta nada», habla más de un espíritu mezquino y egoísta que de un consiervo dispuesto a tirar para un mismo lado.
No menosprecies el tiempo de otros, no te olvides que para hacer lo que hace, debió estudiar, practicar, equivocarse, llorar y sufrir. Si aprendemos a valorar al otro, un día otros valorarán lo que hacemos.
Jesús no se aprovechó de las virtudes o cualidades de sus discípulos. No los hizo sentir «usados», sino que los potenció a cada uno desde su debilidad.
Dejemos de mendigar bendiciones. Aprendamos a bendecir, a potenciar y a reconocer el sacrificio de los demás. Eso nos hará parte de un verdadero equipo de trabajo dentro del Reino de Dios. (Daniel Rios)
